domingo, 22 de febrero de 2015

El día que no pasó nada

Eran las 10 am. Sandra llegó tarde a redacción por culpa del tráfico, eso fue lo que dijo. Notó que su jefe estaba molesto, pero su peculiar personalidad hizo que una sonrisa se desprendiera como gesto hacia ella.
- No sé por qué no puedo molestarme contigo Sandra, dijo Pedro C. el jefe. Ya sabes lo que tienes que hacer, así que rápido porque vamos tarde.
- Yo tampoco lo sé Pedro, respondió la periodista al mismo tiempo que sacaba de su bolso, su rayada libreta y el bolígrafo con el que siempre escribía la fiesta que dejaba hasta entonces su compañera de trabajo, la muerte. 
Como costumbre Sandra salió de aquel sitio persignándose, algo que hacía, y que ni ella misma creía la cruz que dibujaba con su mano para protegerla. Pero pensaba que de algo servía. Se montó en el carro del diario donde trabaja junto a Guillén, su fotógrafo. Salieron a buscar muertos.
En el camino, sintió algo extraño. Primera vez que le pasaba eso. Su ceño fruncido fue acto de aquella chocante experiencia. Sólo se dedicó a ver por la ventana del carro el paisaje y a atinar quien pudiese estar como última página.  Su última página.
Llegaron a la morgue de valencia.
-Destruida como siempre, Guillén. Comentó la joven.
-¿Qué te puedo decir? Pero sabes a dónde va a parar ese dinero no - preguntó Guillén, al mismo tiempo que señalaba una Grand Cherokee negra que estaba parada diagonal a ellos.
Ambos rieron.
Sandra ya tenía preparado su acostumbrado bolígrafo azul, que ya se estaba quedando sin tinta, pero negaba dejarlo, y la libreta Caribe, donde jugaba a anotar con números romanos en la parte superior de cada hoja, para que nadie entendiera, cuántos cuerpos había dentro del cuarto de reposo. Así le decía, porque para ella, morgue era muy despreciable. En ese momento anotó 16. Era lunes. También fue puente. Para su sorpresa, ese día no llegó un cuerpo sin vida. Se extrañó. Se rehusó a irse rápido del sitio. Ella quería satisfacer su necesidad de oler la carne putrefacta, ver quién era la victima de su compañera de trabajo y descubrir si era hombre rubio, pelirrojo, cabello negro. Quería características. Decidió plantarse a comer con Guillén los mangos que estaban en el piso, mientras  esperaba ver el desfile de presas de la que se viste de negro.

Pasaron algunas horas. Ese día no pasó nada. Sandra se marchó insatisfecha pidiéndole a la muerte, que se apiadara de ella y la dejara trabajar.

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