sábado, 30 de julio de 2011

mi mejor amigo no es un perro.






No acostumbro a prenderlo y dejarme que mis pulmones consuman su humo, quizás porque la primera vez que lo hice no me fue tan bien como lo esperaba, ese temor de no ser descubierto en la clandestinidad del baño de mi casa. Pero siento la necesidad de hacerlo esta noche; esa obligación que hace que mis manos tiemblen de frío por un cuerpo extasiado con ganas de querer probar lo que rara vez acostumbro a darle. Ver la llama consumirse lentamente, oler su despreciable fragancia, sentir como su frío y caliente humo quema mi garganta que basta con un sólo respirar para abordar en mis vírgenes, pero no puros pulmones llenos de aire contaminado. 
Creí que nunca nos llevaríamos bien; siempre traté de obviarlo pero insistía en que lo dejara conocer. Lo miro fijamente, siento que habla sin decir palabras y también siento como me entiende con solo leer mi mente. Hoy conoce mis necesidades, sabe quién he sido y el por qué lo busque esta noche, pero lo que más me agrada de él, es que sabe la respuestas a todas mis preguntas, a mis inquietudes y me afirma lo que vengo dudando. 
A mis labios les gusta sentir ese sabor de experiencia que emana con cada respiro que inhalo, soltado por un suspiro y una sonrisa de satisfacción que me hace sentir que todo está bien aunque fuese lo contrario. Veo mis historias reflejadas en las cenizas que poco a poco estorban entre lo que nos decimos, aunque esa es su forma de decir que ya debería darle paso a nuevas oportunidades. Ya mis ojos reflejan el momento de su partida, haberlo visto esta noche fue tan complaciente que no deja tristeza alguna en mi, a lo contrario, le gusta irse porque cuando regrese quiere escuchar nuevas historias.

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